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ACHICORIAS

ACHICORIAS

Carlos Be és un autor especialista en maquillatge l’horror amb humor, llum i color per després deixar-lo emergir en el moment més dolorosament adequat. Els seus personatges s’esforcen a aplicar una gruixuda capa de tots els cosmètics possibles als rostres de les seves vides. Els seus rostres del present, els seus rostres del passat. Però per molt gruixa que sigui la capa de maquillatge, sempre hi ha alguna petita esquerda per la qual s’obren pas, implacables, la veritat, l’horror, el dolor, la vida.

¿Quants de nosaltres no hem maquillat alguna vegada la nostra realitat per fer-la més suportable? Quins són els cosmètics que oculten les nostres ferides més profundes? Per això potser quan aquests éssers cosmètics, perifèrics, somrients i adolorits ens interroguen amb la mirada, no podem evitar sentir-nos propers a ells.

Achicorias és una història cosmètica que mostra la nuesa i el dolor de la pell humana. Un maquillatge bell i despietat, amb els seus colors i ombres. Però abans de res és, amb ombra d’ulls o sense, una història de heroiques supervivències.

Helena Tornero
Valoració col·laboradors

Valoració espectadors
  • ignasi tomás lopez-doriga

    Us deixo la nostra crònica sobre aquesta excel.lent i colpidora representació

    https://culturayalgomas.wordpress.com/2016/02/26/achicorias-flores-del-dolor/

    27/02/2016
  • Verónica Canales @mispalabros
    Achicorias o de cómo derribar para construir

    El azul nos recibe y no estamos frente al mar. El ruido sordo de un oleaje invisible llega entre las notas de un bolero. Un foco convierte en protagonista a una silla, a la espera de que llegue su ocupante, mientras la música va tomando una posición cada vez más prominente. Ese color que evoca tranquilidad e infinitud deja paso al blanco, y es el momento en que el océano se torna vestíbulo de hotel. De hotel azul, aunque ya en el recuerdo de los ojos.

    Acabamos de entrar en un mundo poblado por seres en apariencia cotidianos, tanto como el dolor que describen, como las gotas de felicidad que los salpica, siempre con una sencillez engañosa que, en las palabras paridas por Carlos Be, Gemma y Paco convierten en himno de la autenticidad.

    Ya no somos más público, ya no más; situados ante un despliegue tan rotundo de honestidad, metamorfoseamos en personas que pasaban por allí, en vecinos que miraban de soslayo, en testigos morbosos, en observadores de los que podrían declarar al ser apuntados con el micrófono del reportero: «Era muy buen hombre. Parecía un buen padre. Nadie se lo esperaba» o «Es una lástima, pobre chica», e incluso «Qué desgracia. Es increíble que exista gente así».

    Cuando nos encontramos ante escenas que nos desgarran en cada movimiento, cuando cada ingrediente de lo sucedido va retorciéndonos las tripas hasta formar un nudo ciego en nuestra mirada, los ojos nos empujan a la actuación, las manos se niegan a aplaudir, los labios se niegan a esbozar una sonrisa. Queremos levantarnos y rescatar, golpear, defender, proteger. Vomitar. Pero callamos. Siempre. Demasiado.

    Carlos Be, Helena Loveshock, Gemma y Paco han conseguido arrancarnos el parapeto de público tras el que nos protegíamos, y dejarnos desnudos en la cuneta de una obra que no levanta muros, sino que derriba la cuarta pared.

    Las Achicorias son silvestres, son amargas, son purgantes, son sustitutas de la acritud auténtica y más negra del café. Pero son perennes y favorecen la digestión. Una dosis de Achicorias, una sesión junto a Gemma y Paco, de la mano de Helena y desde el universo de Carlos Be, contribuye a mejorar el tracto vivencial de llantos ajenos, que se convierten en salitre propio de quien los observa.

    18/02/2016
  • Joaquín Arias

    DETRÁS DE LA SONRISA.
    La achicoria es una planta cuyas flores varían del blanco al rosa, del azul al lila. Fue el sustituto del café en la posguerra y un principio medicinal de propiedades cicatrizantes, sedantes y depurativas. Es una flor que se contradice: te adormece en la noche, te despierta en la mañana.
    Carlos Be no podría haber elegido un nombre mejor para su obra, porque ‘Achicorias’ pasa por toda esta gama de sensaciones. Como la risa que acaba en llanto. O los golpes, que varían del blanco al morado, y hacen que duelan incluso las caricias. Así es esta obra, un paseo por el cuerpo magullado de unos personajes que se lavan la piel y nos dejan ver sus lunares, bellos, atractivos, pero también sus heridas recientes y las cicatrices que han arañado su pasado y, marcarán, sin duda, su futuro. Por efecto del jabón, lo bonito se vuelve grotesco, la sonrisa se trastoca en mueca y los límites de la comedia se desdibujan para mostrar la tragedia que hay detrás de unos personajes que solo han logrado sobrevivir maquillando sus desgracias.
    La obra se beneficia de la proximidad con el público que ofrece una sala como el Àtic 22 y de una iluminación, color de achicoria, que ha sabido sacar partido de las dificultades, aunque exhibe una parca escenografía, reducida al mínimo.
    Las historias, plasmadas en dos monólogos y una pieza para dos actores, no guardan conexión más allá del dolor interno que florece de manera silvestre, aquí y allá, en sus protagonistas. Paco Aldeguer demuestra su sobrada capacidad para meterse en la piel de tres personajes golpeados por la vida, mientras que Gemma Charines oculta bajo una sensual imagen a lo Marilyn Monroe (ese pelo oxigenado, esas curvas) su misma fragilidad, contagiosa e hiriente. Pocas veces se ve tan cerca un dolor tan bello, oculto tras esa sonrisa forzada que, al fin y al cabo, es lo único que nos permite seguir viviendo.

    18/02/2016