Jean Genet, autor de piezas teatrales tan emblemáticas como Les criades (1947) o Severa vigilància (1949) y practicante de una “moral inversa”, rehuyó siempre los halagos y los intentos de asimilación por parte de la intelectualidad francesa y reivindicó su pertenencia a unos bajos fondos que exaltó con fiereza y lirismo. Al actor y director Héctor Mellinas le interesa mucho la obra de este autor, entre otros motivos porque sitúa en el centro a personajes marginales que luchan por hacerse reconocer: “Tienden a ser piezas violentas, porque hay una urgencia en la reivindicación de una dignidad que no debería depender de clases sociales”. Fue leyendo la biografía de la actriz María Casares como Mellinas llegó a la obra ELLA. Escrita como ensayo de lo que acabaría siendo El balcón (1957) y publicada póstumamente, la pieza de Genet aborda el poder como performance a partir de un encuentro en el Vaticano entre el papa y el fotógrafo que debe retratarlo.

La proyección pública y la máscara
Héctor Mellinas escribió su pieza después de leer la de Genet y coincidiendo con la elección del nuevo pontífice. La reciente visita del papa León XIV a Barcelona —recordemos el espectacular despliegue de medios con el que se siguió su periplo— da plena vigencia a la temática. Como ya ocurría en el original, se habla del papa en femenino —el género se aborda desde el propio título de la pieza— en referencia al tratamiento honorífico Su Santidad. Su figura, caso extremo de construcción identitaria, encarna como pocas el conflicto entre realidad íntima y representación. El hecho de que aparezca caracterizado con una estética drag hace más explícito el artificio o el carácter performativo de su dimensión pública. Cabe decir que el tema de la máscara y la proyección mediática resulta de lo más pertinente en nuestra era de sobreexposición digital.
Pontífices y drag queens
Esta producción de Q-ars Teatre, con un reparto integrado por el propio Héctor Mellinas, Xavier Alomà y Josep Guerra, respeta el espíritu de Genet y mantiene determinados contrastes humorísticos, como la aparición de registros groseros en un contexto impropio. La obra, que desmonta la imagen del líder eclesiástico y pone de manifiesto su tormento por no poder expresarse libremente entre tanto corsé, no deja de ser una farsa, “una reflexión profunda envuelta en elementos cómicos que resultan fáciles de digerir, pero que hacen pensar”. “Las drag queens de la Iglesia hacen lip-sync en tacones y luchan por ser quienes quieren ser”, añade el autor.

Al cuestionar cómo los relatos dominantes y las convenciones sociales condicionan nuestra manera de ser y de vivir en sociedad, ELLA invita a repensar las relaciones entre autoridad, imaginación y comunidad. Por otra parte, da visibilidad a un sector, el drag, que “todavía está maltratado, precarizado y que ocupa un espacio marginal y muy connotado dentro del ocio”.
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