Cuando en La Roda Produccions se plantean crear un nuevo espectáculo —y ya llevan dieciocho—, siempre parten de un imaginario. Por eso, si les preguntas qué va primero, si el huevo o la gallina, lo tienen claro: primero, el continente y, después, el contenido. “Nos inspiramos en grandes producciones anglosajonas y capturamos su esencia para hacer una versión familiar y a la catalana”, explica el codirector de la compañía, Jordi González. Así nació En Joan sense por i la casa encantada, estrenada en 2022. Con referentes como The Rocky Horror Picture Show, Beetlejuice o La familia Addams, la compañía teje una adaptación muy libre del cuento popular homónimo recogido por los hermanos Grimm.

En esta versión, sin embargo, es la familia del protagonista la que está preocupada porque su hijo no es capaz de sentir miedo y decide pasar un fin de semana en una casa encantada para ayudarlo. Esto se traduce escenográficamente en una gran estructura desplegable llena de efectos especiales y apariciones que mantienen al público expectante. Y, aunque de entrada Joan no se deja asustar ni por fantasmas ni por galletas de escorpión, acabará descubriendo el miedo gracias a un pozo maldito. “Se da cuenta de que, en realidad, lo que le da miedo es perder a su familia”, comenta González, que también forma parte del reparto del espectáculo, dirigido por Dani Cherta.

Lejos de presentar el miedo como algo negativo, el montaje lo reivindica como una emoción necesaria que nos alerta de los peligros y nos prepara para afrontarlos. Porque sin temor tampoco hay valentía: “Todos los sentimientos tienen su función y el miedo ayuda al protagonista a poner en valor los vínculos familiares”.
Monstruos que hacen reír
Los personajes del musical, sin embargo, distan mucho de ser terroríficos. Incluso los títeres de gran formato que representan a los monstruos acaban convirtiéndose en antihéroes cómicos: “En cuanto abren la boca, el público ya ve que son clowns”. Este humor hace que la obra conecte desde la primera escena con un público muy amplio, especialmente con niños de entre cuatro y doce años, sin dejar de hacer un guiño a los adultos.

Si el rock and roll marcaba su versión de La Ventafocs y el pop daba ritmo a Aladdin, este musical opta por una banda sonora mucho más ecléctica, que transita por el suspense, la canción de taberna, la balada o el rap. “Cada musical es como un hijo y, aunque los queremos a todos por igual, esta es la obra más redonda que tenemos”, confiesa el actor.
La afirmación no es menor después de veinticinco años de trayectoria y de haber firmado apuestas tan ambiciosas para el teatro familiar como Armstrong, un musical molt espacial, un espectáculo con el que la compañía dio un salto adelante incorporando músicos en directo. Una manera de sacudir los prejuicios que todavía arrastra un género demasiado a menudo infravalorado, según González: “Se están haciendo propuestas muy potentes, tanto por el contenido como por el formato; un teatro muy fino. Ahora solo falta que llegue el reconocimiento”.
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