No deja de ser una buena paradoja que el retrato pictórico de mayor trascendencia literaria que jamás le hicieron a Oscar Wilde sea, al mismo tiempo, aquel del que nadie sabe cómo era la imagen que contenía, porque se ha perdido completamente su rastro. Su autora fue la pintora canadiense Frances Richards, además de una buena amiga que no dejó de apoyar a Wilde ni siquiera cuando cayó en desgracia. El caso es que, en 1887, el futuro autor de La importancia de llamarse Ernesto visitó el estudio de Richards, y la pintora aprovechó la ocasión para dibujarle un retrato. Ante su precisión, Wilde, medio en broma, exclamó: “Qué cosa tan trágica. Este retrato nunca envejecerá y yo sí. Ojalá fuera al revés”.

Nada más pronunciar aquel deseo en voz alta, Wilde reconoció en él el germen de una novela que, pese a los recortes impuestos por los editores y a los introducidos por él mismo para rebajar las connotaciones homoeróticas que también han convertido el relato en una obra emblemática de la narrativa queer —la versión íntegra del texto, recientemente traducida al catalán, no se publicó hasta 2011—, fue acusada inmediatamente de inmoralidad.
Pero, como también decía Wilde, “los libros que el mundo califica de inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza”. Y nadie puede defender mejor que él mismo esta idea. De aquí parte Marc Rosich en El retrat de Dorian Gray, haciendo que Àngels Gonyalons se presente en el escenario adoptando la personalidad del escritor y, a continuación, la de cada uno de los personajes que creó para su relato. Y es que, tal y como lo entiende el australiano Kip Williams, que recientemente también ha dirigido una aclamada, muy videográfica y unipersonal versión del texto interpretada por Sarah Snook, de Succession, quizá sea cierto que cada uno de nosotros somos, básicamente, la confluencia de una infinidad de vidas diferentes y que la propia vida es un gran acto teatral, como ya intuía el mismo Shakespeare.

Eso sí: el tour de force de una Gonyalons que atraviesa un gran momento de plenitud interpretativa estará siempre acompañado por la presencia del trío vocal y el quinteto de cuerda que interpretarán la partitura compuesta por Jordi Cornudella. La creatividad de todos ellos nos permitirá comprobar que, en este relato con algo de cuento de terror gótico y algo de novela filosófica, encontramos también la huella del mítico Fausto, capaz de vender su alma al diablo a cambio de un poco más de juventud y belleza, y de aquellos otros Doctor Jekyll y Mr. Hyde —Oscar admiraba profundamente la novela de R. L. Stevenson— que representan tan bien la dualidad del ser humano. También nos permitirá establecer una conexión entre el depredador narcisismo entregado al crimen de Gray, que poco a poco va quedando plasmado en la pintura que guarda en el desván y que muestra todos sus pecados, y el de una sociedad contemporánea que ha convertido el selfie en una nueva forma de idolatría y ha banalizado en exceso la concepción del hedonismo tan bien defendida por el propio Wilde.
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