¿Qué harías si te quedaran solo 90 minutos de vida? Una hora y media para ajustar cuentas, despedirte, decir todo lo que piensas y ejercer una libertad absoluta, sin miedo a las consecuencias. Esta es la situación límite que plantea Temps , la tragicomedia escrita e interpretada por Quim Masferrer que regresa a los escenarios de Barcelona catorce años después de su estreno. Del 9 de septiembre al 4 de octubre, el espectáculo podrá verse en el Teatre Borràs en una versión revisada y conectada con el presente.ç

“La idea de Temps surgió porque tenía ganas de hablar de la libertad escénica”, explica Masferrer. El espectáculo también nació de cierto sentimiento de indignación ante todo lo que ocurría a su alrededor: los desahucios, la corrupción, el encarecimiento de los servicios básicos y las desigualdades sociales. El actor quería hablar con libertad de todas estas cuestiones, pero necesitaba una situación dramática que le permitiera hacerlo sin limitarse a “criticar porque sí”.
Después de preguntarse en qué situación alguien podría decir todo lo que piensa, llegó a una conclusión: una persona a la que solo le quedan 90 minutos de vida debe poder ejercer esa libertad con la complicidad y la compasión de los espectadores.
Una obra que cambia con la actualidad
Estrenada en 2012 en el festival Temporada Alta, Temps se ha ido transformando al mismo ritmo que la realidad. Masferrer actualiza el texto “dependiendo de los guionistas, es decir, de la actualidad”, según lo que dicen los políticos, las cosas que ocurren y los motivos de indignación social. Así, la recuperación del espectáculo no es una simple reposición, sino una oportunidad para volver a mirar el presente desde el humor y la experiencia acumulada durante estos años.
Masferrer califica la obra de muy personal. “Intento aprovechar la circunstancia de ser su autor. Tengo que aprovechar que el público ha venido a escuchar lo que yo quiero decirle”, explica. “Quiero decir lo que pienso y, por eso, intento que el poder del comediante, a través del humor, pueda ser crítico”.

Para el actor, el humor no es una máscara que permita esquivar la realidad, sino una manera directa de enfrentarse a ella. “El humor es directo, a la vena. Para mí, el poder del comediante es un arma con la que puedes hacer y decir muchas cosas”. Lo hace en honor a los bufones, “los únicos que podían reírse a la cara del rey”, mientras que los demás se arriesgaban a ser guillotinados, quemados en la hoguera o ahorcados.
“El bufón era el único que podía hacerlo y, además, de manera abierta: ‘Me estoy riendo de ti a la cara’”, explica. Esta es también la manera en la que Masferrer prefiere decir las cosas y plantarse sobre un escenario, siguiendo la estela de referentes como Els Joglars o Pepe Rubianes, “que, a través de su humor, decía cosas muy fuertes y grandes verdades”. Temps también quiere ejercer esa libertad.
El magisterio de Ramon Fontserè
La dirección de Temps la asumió precisamente uno de los grandes referentes de Masferrer: Ramon Fontserè. Aunque tiene una manera muy clara de hacer teatro, el actor explica que en cada uno de sus espectáculos intenta avanzar, investigar e ir un poco más allá. En esta tragicomedia, el paso adelante debía ser una mirada externa que generara nuevas sinergias y complicidades.
La lista de posibles directores la encabezaba Fontserè, a quien consideraba “un auténtico referente”. “Yo descubrí el teatro con él, con Els Joglars”, confiesa. El director se apasionó por el proyecto y por la historia. “Si cinco años antes me hubieran dicho que haría una obra y que me la dirigiría Ramon Fontserè, no me lo habría creído. La vida —y este espectáculo habla de la vida, aunque al final esté la muerte— te da sorpresas, y esta ha sido una muy agradable”.

Si observamos la trayectoria de Masferrer como autor, en la mayoría de sus personajes encontramos una sinceridad sencilla y característica. “Intento que mis espectáculos sean sinceros por una cuestión lógica de fidelidad a mí mismo porque, si no lo hiciera con sinceridad, seguramente me estaría engañando”, afirma.
Fuera de los escenarios, todos llevamos máscaras y, a veces, predicamos sinceridad mientras aplicamos el engaño y la mentira. Para Masferrer, estas contradicciones forman parte de la especie humana: nos sentimos ridículos, somos ambiciosos, tenemos orgullo y podemos ser solidarios, pero también tremendamente egoístas. Estas contradicciones son una de las principales fuentes de inspiración de sus personajes, porque pretende que sean, por encima de todo, humanos.
“El clown destaca rasgos muy humanos y los exagera sobre un escenario para que lleguen al espectador”
“El clown destaca rasgos muy humanos y los exagera sobre un escenario para que lleguen al espectador. Cuando eres sincero, el público identifica lo que dices como cosas cercanas, porque no es tan diferente lo que me preocupa a mí de lo que te preocupa a ti. Por lo tanto, cuando hablas de las cosas que te inquietan, normalmente coinciden con las que también preocupan a quien está en el patio de butacas”.
El teatro como terapia
“El teatro es terapéutico”, asegura Masferrer. “Jugamos con un material muy sensible: no fabricamos botellas de agua, trabajamos con sensaciones, y eso a veces es difícil de gestionar. Pensamos en el espectador, pero los primeros para quienes lo hacemos es para nosotros mismos”.
También admite que quienes se dedican a este oficio tienen un punto de exhibicionismo: les gusta que los miren y les presten atención. “Si no, ¿por qué estás medio año preparando un espectáculo y después pides que vengan a verte? Somos exhibicionistas, hay que decirlo”.

En Temps, Masferrer trabaja con unas emociones especialmente delicadas. Lo primero que vive el protagonista, después de saber que solo le quedan 90 minutos, es el impacto. “Si juegas a preguntarte qué harías si te quedaran 90 minutos de vida, no sientes ese impacto porque sabes que no es verdad. Pero, si intentas recibirlo, el resultado es de silencios teatrales, casi de perplejidad. Yo me lo imagino así”.
El protagonista pide a los espectadores que han ido a verlo “compasión, por si no está haciendo nada teatralmente”, porque no sabe qué hacer. Para el actor, el viaje interpretativo pasa por momentos de locura y por la voluntad utópica de cambiar el mundo, pero también por el miedo, el llanto y la angustia ante lo que ocurrirá cuando el indicador llegue a cero.
Humor contra la tragedia
Masferrer ha querido abordar esta muerte anunciada “de la manera más íntima posible” y siempre bajo el poder del comediante, porque el humor es la bandera del proyecto. El espectáculo intenta darle la vuelta a la tragedia con una ironía desafiante: “Tal como están las cosas, ¡me voy! Es el espectador quien se queda. Y, si alguien quiere denunciarme, que lo haga porque, cuando tenga que ir a juicio, yo ya no estaré”.
Esta vertiente satírica deriva en lo que Masferrer define como “momentos de catarsis humorística”, pero la presencia del cronómetro impide olvidar la gravedad de la situación. Cuando la cuenta atrás anuncia que solo quedan 40 minutos, el espectáculo pasa repentinamente de la comedia a la tragedia.

El teatro permite llevar esta situación hasta el límite, pero Masferrer ha intentado no tratarla frívolamente ni caer en la broma fácil de convertir los últimos 90 minutos en una fiesta o una bacanal. “El teatro puede ser muy malo…, pero puede ser muy bueno”, reflexiona. En este caso, le ha permitido formularse unas preguntas que espera, como todo el mundo, no tener que afrontar nunca en la vida real. El actor explica que se ha encontrado con personas que han pasado por situaciones cercanas a la del protagonista, inmersas en procesos de tratamiento, y que le ha gustado escuchar que el espectáculo afrontaba la tragedia con optimismo. “Incluso ellas me han hablado del humor como una especie de fuerza que aparece dentro del cuerpo en situaciones terminales. A veces, acaban siendo los enfermos quienes consuelan a los demás. Me pregunto cómo pueden afrontarlo con tanta valentía”.
Ahora, catorce años después de su estreno, el cronómetro de Temps vuelve a ponerse en marcha. La actualidad ha cambiado, Masferrer también, pero la pregunta central permanece intacta: ¿qué hacemos con el tiempo mientras todavía lo tenemos?
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