Kulunka Teatro ha convertido el teatro de máscaras en un lenguaje propio, capaz de contar grandes historias humanas desde el silencio, el gesto y una emoción directa. Este verano, el Festival Grec lleva al Teatre Condal la trilogía que ha consolidado a la compañía como un referente internacional: André y Dorine, del 1 al 9 de julio; Solitudes, del 10 al 19 de julio, y Forever, del 22 de julio al 2 de agosto. Tres espectáculos sobre los vínculos, la memoria, la soledad, la familia y el paso del tiempo que permiten adentrarse en el universo de una compañía que ha hecho de la máscara una herramienta de verdad escénica. Conversamos con Garbiñe Insausti, José Dault —cofundadores e intérpretes— e Iñaki Rikarte, director, sobre trayectoria, oficio y emoción.

‘André y Dorine’
¿Os imaginabais llegar hasta aquí cuando fundasteis la compañía hace 17 años?
Garbiñe: Nuestro impulso fue contar una historia con un lenguaje que no conocíamos, pero que nos resultaba atractivo. Formamos equipo, unos cuantos locos nos dijeron que sí y empezamos a trabajar. Pero ni en nuestros mejores sueños habríamos imaginado este recorrido ni que acabaríamos haciendo tres obras seguidas.
José: Hace 17 años soñábamos con sacar adelante un espectáculo, André y Dorine, que fue el origen de toda esta familia maravillosa que hemos creado. La curiosidad por el código, por el lenguaje y por la experiencia de poner en marcha un proyecto fue tan inmediata que no proyectamos qué recorrido tendría la obra.
Iñaki: Creo que ninguno de nosotros pensaba que algún día nos darían un premio. Todo ha ido sucediendo de una manera natural, pero hacia un lugar absolutamente inesperado.
¿Cómo se ve el mundo a través de una máscara?
J.: Se ve muy poco [Ríe]. La máscara nos ha hecho encontrar nuestro propio código, nuestra manera de contar. Como actor, es un ejercicio de eliminar el ego. De ponerte claramente al servicio de la historia y transitarla.
I.: Y, como compañía, la máscara nos obliga a mirar el mundo de una determinada manera. Casi nunca puedes contar lo primero que se te pasa por la cabeza. El lenguaje de las máscaras es muy limitado y obliga a trabajar en busca de la esencia de las cosas.

‘Solitudes’
¿Cubrirse con una máscara os permite llegar a una verdad más profunda?
G.: Parece una paradoja. ¿Cómo puede ser que, con el rostro cubierto y con un lenguaje tan limitado, que prescinde de la palabra, se pueda llegar tan lejos? Esa es la intuición que tuvimos cuando empezamos a trabajar en este universo. Después lo hemos podido constatar, y eso es lo que nos ha enganchado de este lenguaje. Yendo a la esencia de las cosas hemos llegado a compartir nuestras historias con públicos muy diversos. Es muy bonito ver que quizá no te entiendes en la calle, pero te entiendes en el teatro.
¿La máscara nace del personaje o es el personaje quien nace de la máscara?
G.: De las dos maneras. A veces necesitamos un personaje determinado y voy al taller e intento crearlo. Y, a veces, se crea una máscara sin saber para qué servirá, y después le encontramos su lugar. Como muchas cosas en Kulunka, es un trabajo muy intuitivo. Y de prueba.
“La ternura es un sentimiento muy potente y hay que ser valiente para, por ejemplo, llorar en público”.
“Kulunka” significa “mecer” o “arropar”, en euskera. ¿Hace falta más ternura?
I.: No me atrevo a decir si hace falta, pero sí creo que hay una especie de prejuicio con la ternura que me parece bien combatir. A veces parece que, cuando alguien se muestra tierno, se muestra débil. Y yo creo que hace falta mucha valentía para mostrar ternura.
J.: Vivimos en una sociedad que tiene dificultades para gestionar las emociones. Los espectáculos de Kulunka invitan a sentir. Hay ternura y hay mucha crudeza. La ternura es un sentimiento muy potente y hay que ser valiente para, por ejemplo, llorar en público.
I.: Y el código con el que trabajamos nos ayuda a hacer eso. Todo lo que ve el espectador es mentira: aparecen unas cabezas grandes en escena y hay que creerse que les pasan cosas. Eso obliga al público a situarse en una posición abierta, predispuesta al juego. Y eso provoca un sentimiento muy puro.

‘Solitudes’
¿Cómo afrontáis esta trilogía en el Grec?
J.: Yo tengo muchas ganas y siento cierta responsabilidad, porque quizá venga gente a ver André y Dorine después de haberla visto hace diez o quince años. Me genera mucha expectativa ver cómo se enfrentan a su propio recuerdo de la obra.
G.: Hacer los tres espectáculos seguidos es un reto a nivel actoral. Pero nuestros espectáculos están vivos, están en activo. No es que volvamos a ellos después de 17 años. Giramos con los tres porque el equipo estable se mantiene, y eso también es una rareza.
I.: Será una oportunidad para compartir con el público nuestro viaje. Cómo hemos ido cambiando y cómo ha cambiado nuestra mirada sobre el oficio y sobre el mundo.
¿Y cómo veis el futuro de la compañía?
J.: Nos veo continuando creando juntos y sin perder la ilusión de contar cosas en común. Lo más bonito que nos ha pasado ha sido encontrarnos. Por tanto, espero que siga vivo y que siga teniendo sentido.
I.: La ilusión es lo que nos sostiene aquí.
G.: No se puede explicar mejor.
Más información, imágenes y entradas:
