Durante décadas, una familia había creído que el abuelo estaba enterrado en Lleida. Hasta que una revista puso en entredicho aquella certeza. En 2009, leyendo Sàpiens, el escritor Joan Pinyol descubrió que los restos de su abuelo, Joan Colom, habían sido trasladados al Valle de los Caídos sin que nadie se lo hubiera comunicado. Aquel hallazgo dio paso a una lucha por recuperarlo, a un libro y, ahora, a un espectáculo. Avi, et trauré d’aquí, de Teatre Nu, vuelve a la Sala Atrium del 4 al 29 de noviembre, tras su paso por el Grec.

Con dramaturgia y dirección de Víctor Borràs, el montaje cuenta una historia familiar atravesada por la guerra, los silencios de la posguerra y los obstáculos para reparar sus consecuencias. El punto de partida escénico es muy cotidiano: Pinyol prepara una conferencia sobre el caso de su abuelo. Ha dado muchas, ha explicado los hechos una y otra vez, pero darlos a conocer no ha sido suficiente para resolverlos.
Un hallazgo que lo cambia todo
Durante el estreno del espectáculo, Borràs señalaba precisamente la indignación que impulsó a la compañía a trabajar con este material: el traslado de los restos a espaldas de las familias y el azar que, años después, permitió descubrirlo. La historia ya había sido recogida en el libro de Pinyol y en el documental de Montse Armengou y Ricard Belis. El reto era encontrar la manera de hacerla vivir en el escenario.
Colom tenía cuarenta años y tres hijos cuando fue llamado a filas, en 1939, en las postrimerías de la Guerra Civil. Murió poco después de tifus en una prisión de Lleida. A partir de este destino, la obra sigue el rastro que su ausencia deja en la familia y conecta la búsqueda del nieto con las vivencias de las generaciones anteriores.

Miquel Malirach interpreta tanto a Pinyol como a su abuelo, mientras que Àurea Márquez asume una decena de personajes femeninos, entre los que se encuentran la esposa, la madre y la abuela del escritor. Los dos intérpretes saltan de una época a otra, de la guerra al presente, en un relato que incorpora cartas, canciones y documentos, pero que también recrea escenas y conversaciones a través de la ficción.
Borràs subraya que el propósito no es exponer una sucesión de datos y define el montaje como una obra que parte de lo cotidiano para construir el viaje emocional de los personajes. “El teatro siempre es el presente que estamos diciendo”, afirma. Esta idea guía una puesta en escena que acerca los hechos al público a través de los vínculos familiares, del duelo y de la necesidad de saber dónde están quienes faltan.

La escenografía de Llorenç Corbella parte de una caja que puede convertirse en archivo, tumba o espacio de representación. Es el lugar desde el que aparecen las distintas voces de una familia y donde los documentos cobran cuerpo. Según Borràs, el teatro permite que el espectador se identifique con esta historia y se pregunte qué haría si fuera la suya.
La promesa de un nieto, la lucha de muchas familias
Para Teatre Nu, productora establecida en Sant Martí de Tous, el proyecto también responde a la voluntad de llevar a escena relatos de su entorno. Pinyol, escritor de Capellades y profesor durante años en el instituto Pere Vives Vich de Igualada, es una figura cercana. “Son historias que parten de lo más cercano para llegar a todas partes”, explican. Aquí, la promesa de un nieto a su abuelo abre una cuestión que afecta a muchas otras familias: cómo despedirse de alguien cuando todavía hay que luchar por recuperar sus restos.
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