En una casa solariega, las paredes no solo separan habitaciones: también acumulan los deseos, las violencias, las frustraciones y los anhelos de todas las generaciones que han pasado por ella. Y, en El Cadell, incluso toman la palabra. A partir del 30 de septiembre, Josep Maria Miró vuelve al TNC con una obra que recorre la memoria de una saga familiar para preguntarse qué hacemos con todo aquello que heredamos: ¿lo perpetuamos, lo transformamos o nos rebelamos contra ello?

En este universo familiar, todo parece organizado alrededor del heredero, el cachorro, sobre quien recae la continuidad del patrimonio y del nombre. Pero, tras ese orden aparente, son las mujeres —madres, hermanas, tías…— quienes sostienen el día a día y la memoria de la casa. Con Mercè Aránega, Lurdes Barba, Màrcia Cisteró, Roberto G. Alonso, Àurea Márquez, Alba Pujol, Rosa Renom y Marc Tarrida en escena, Miró construye una historia atravesada por varias generaciones que pone el foco en las dinámicas de poder, la herencia y la identidad.
Una casa con voz propia
Para Miró, la casa es mucho más que el escenario donde transcurre la historia. “La casa como tal es una voz protagonista en esta obra”, explica. Es el contenedor de todo lo que ha vivido la saga: “Las casas tienen memoria, tienen memoria de la familia, de las historias que han pasado en ellas”. De ahí que defina El Cadell como “una obra sobre la memoria de las paredes”, en la que conviven el deseo, la violencia, las frustraciones y los anhelos acumulados a lo largo de varias generaciones.

Esta memoria cobra cuerpo en escena a través de Marc Tarrida, que da voz a la casa y representa también distintos modelos de masculinidad vinculados a los herederos de la saga. A su alrededor, las mujeres ocupan y sostienen este universo familiar y hacen suya, también, la voz de un espacio cargado de historia.
Normas, herencias y tradiciones
El legado es otro de los grandes ejes de El Cadell. Miró plantea la herencia como una cuestión material y también como un conjunto de normas, expectativas y tradiciones que pasan de una generación a otra. “¿Qué es la herencia? ¿Qué es la tradición? ¿De qué manera se puede continuar y perpetuar? ¿O de qué manera se puede alterar?”, se pregunta. En la pieza, esta tensión se concreta en dos fuerzas opuestas: quienes trabajan para mantener el orden familiar y quienes, de manera consciente o inconsciente, intentan modificarlo.

Esta mirada vincula a Miró con una tradición teatral que también ha interrogado el peso del legado y de la familia. El autor cita a Àngel Guimerà, Santiago Rusiñol, Víctor Català y Josep Maria Benet i Jornet como referentes de un imaginario que ahora revisita desde su propio paisaje: una familia encerrada en un espacio rural, atrapada entre la continuidad y la posibilidad de disidencia.
Miró evita, sin embargo, encerrar El Cadell en una única lectura. “Soy muy poco partidario de dar claves de interpretación o mensajes”, admite. Prefiere entregar el relato al espectador para que cada cual haga su propio viaje. La pieza se inscribe, así, en una etapa de su teatro muy vinculada a la Cataluña interior, a la palabra y a una teatralidad esencial: un universo profundamente local que, paradójicamente, cada vez viaja más lejos. Pocos días después del estreno en el TNC, de hecho, Miró viajará a Nueva York para asistir al estreno en inglés de El cos més bonic que s’haurà trobat mai en aquest lloc.
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