La familia puede desplegarse como un vasto territorio irrigado por la ternura y el afecto, pero también construirse bajo una arquitectura dominada por la soledad y la incomprensión. Un paisaje dual y claroscuro que atraviesa la obra La Truita, una tragicomedia contemporánea escrita por Baptiste Amann y dirigida por Ferran Utzet, que llega el 27 de junio al Poliorama en el marco del Festival Grec (con un regreso ya anunciado para septiembre). La pieza, protagonizada por Emma Vilarasau y Jordi Boixaderas, explora la complejidad de las relaciones familiares y de pareja, así como los choques generacionales. “En la familia de La Truita hay dos almas: es un espacio de confort, de alegría y de fiesta, pero también es una estructura en la que nos podemos sentir atrapados, observados y solos”, explica Utzet.

La historia transcurre en el seno de una familia formada por un matrimonio interpretado por Vilarasau y Boixaderas, y tres hijas adultas representadas por Miranda Gas, Sara Espígul y Júlia Bonjoch. Los padres, ya jubilados e instalados en un pueblo de interior de Cataluña donde han montado una panadería ecológica, las invitan junto a sus respectivas parejas, interpretadas por Marc Bosch, Arnau Puig y Tai Fati, para celebrar el 65º aniversario del padre. Esta reunión, sin embargo, se convertirá en un nido de tensiones entre los diferentes miembros de la familia después de que la hija mediana anuncie que se ha vuelto lacto-pesco-vegetariana y rechace comer el fricandó previsto en el menú, mientras pide cocinar una trucha que ha comprado por el camino.
Lejos de ser un elemento accesorio, la comida configura el pulso de La Truita: “Hemos querido construir una comida que, hasta los postres, es un espacio con risas, abrazos y ligereza. El guion de la obra está estructurado dramatúrgicamente como si fueran los platos de un menú y retrasamos la explosión de la tensión hasta que ya es insoportable y tiene que estallar. Y justamente por este motivo pienso que es un modelo familiar saludable y no fallido: se pelean, pero no se callan, sino que se dicen todo lo que llevan dentro. Los vínculos se riegan con comunicación”, explica el director.

A pesar de tratarse de una obra de carácter comercial y de fácil acceso para el espectador, Utzet destaca la riqueza del juego teatral que plantea la propuesta, que “dibuja un paisaje familiar que se podría retratar desde el vodevil o el drama puro, pero también abre una ventana donde los personajes comparten sus pensamientos, de manera no directa, con el público”. A través de la intimidad y la honestidad que brinda el soliloquio, en La Truita “se abren espacios que juegan con el distanciamiento y que ofrecen muchas posibilidades escénicas, haciendo oscilar la obra constantemente entre el realismo y un espacio más poético”.
Una familia de aquí
Con una apariencia que, según Utzet, bien podría recordar a Agosto, de Tracy Letts, o a Vilafranca, de Jordi Casanovas, la obra presenta una familia que, desde un primer momento, se concibió para ser “reconocible bajo unos parámetros catalanes”. En este sentido, no solo se ha cambiado la ambientación de Francia a Cataluña y se han catalanizado los nombres de los personajes, sino que Utzet, junto al traductor Carles Batlle, ha llevado a cabo un “esfuerzo de traducción cultural” para trasladar la propuesta original, concebida en el marco de una familia francesa, hacia la realidad de un entorno más mediterráneo.

Más allá de las relaciones, para Utzet el factor generacional es otro de los grandes ejes sobre los que bascula la obra: “Hay un espacio muy importante en los diálogos donde los padres y las hijas se reprochan mutuamente su manera de ser. Los padres dicen a las hijas que son unas blandas y que se quejan mucho, y las hijas consideran que el mundo que les han dejado sus padres es un desastre. En este sentido, la obra es muy interesante porque la colisión generacional es un hecho vigente que el autor dibuja con mucha sensibilidad y sin caer en maniqueísmos. Hay un equilibrio entre los puntos de vista y una mirada muy humanista al entender que las diferencias generacionales son constantes”.
“Ojalá la gente saliera pensando en la suerte que tiene de tener una familia”
Terminar un libro, una película o una obra de teatro suscita, en el mejor de los casos, más preguntas que respuestas; invoca, tal vez, un nuevo lenguaje; enciende una conversación que llegará hasta casa, que sobrevivirá o no al día siguiente, que se vaciará en un bar o en la entrada de un diario. En este sentido, la chispa que Utzet desea encender en el público tiene que ver con la voluntad de convertir la experiencia del escenario en un gesto pequeño, pero inmensamente revolucionario: “Me gustaría que, al salir de la obra, pensaran en su propia familia, que llamaran a sus padres o hijos y les preguntaran con sinceridad cómo están, más allá de la pequeña conversación del día a día. La pérdida de la comunicación profunda es uno de los males de la sociedad. Ojalá la gente saliera pensando en la suerte que tiene de tener una familia, ya sea de sangre o la que ha construido con sus amigos, su red. Estos son espacios fundamentales de realización personal, de búsqueda y de alegría”.
Más información, imágenes y entradas en:
