Optar por diseñarse una mesa en una sociedad volcada en el consumo, con empresas como Ikea (que permite el montaje doméstico para abaratar costes y facilitar el transporte), marca el carácter de una vivienda y de quienes la habitan. La escenógrafa Judit Colomer y el actor Pau Vinyals se conocieron durante el proceso de El somni d’una nit d’estiu (TNC, 2014). En las pausas de los ensayos nació la semilla de lo que sería una relación estable y que ahora ha desembocado en una criatura que duerme plácidamente, observada desde el comedor a través de una cámara que detecta si se despierta para poder tranquilizarla. El brebaje de Puck surtió un efecto inmediato. Y ahora la pareja se pregunta qué queda de aquello. Tendrament es una bomba en cuenta atrás y ambos se preguntan si conviene desactivarla.

El mobiliario de este hogar es deliberadamente temporal, inestable, como un taburete de tres patas, aunque en arquitectura se considera que la estructura más estable es la triangular, porque compensa las fuerzas que amenazan con provocar el colapso. En escena solo habrá una mesa y una silla. Insuficientes para una vivienda donde conviven dos adultos y una criatura. Sentarse en la silla otorga un peso jerárquico inmenso. Es durante las comidas, alrededor de la mesa, cuando la familia se construye y se destruye. Tendrament, que se estrenó en la Sala Beckett la temporada pasada y ahora vuelve al Teatre Akadèmia, arranca con una travesura de Vinyals y va hundiéndose en las dudas, los egos y las distintas maneras de entender la escena y la vida.
Todo forma parte de una relación y les preocupa que el vínculo no sea lo bastante firme. Es aquello de podar una planta que se extiende sin tener demasiada experiencia en jardinería, con el riesgo de que la operación sea una opción suicida. De entrada, preocuparse y volver a hacerse preguntas debería ser motivo suficiente para entender que Tendrament busca respuestas sinceras y las expone con crudeza porque existe una voluntad de continuidad y, a la vez, un temor a la rutina y al conformismo. En la valoración de los sentimientos también interviene la memoria. Por eso emergen imágenes que pueden recordar a La Solitària, compañía formada por Pol López, Júlia Barceló y el propio Vinyals, que decidieron despedir con la última reposición de Mal de coraçon, la primavera pasada. Todo tiene fecha de caducidad y el mundo de la pareja no tiene por qué ser una excepción.

En algunos momentos, la pieza parece perderse —juega a despistar—. Seguramente es necesario para que eso les permita reencontrarse. Si Pau domina los tiempos cómicos, Judit atrapa con la pausa dramática. En este comedor hay una inestabilidad buscada. Porque, aunque la criatura duerma plácidamente en la habitación contigua, la pareja se plantea cómo garantizar que sea una persona libre y que crezca sin prejuicios. A todas las mesas pueden acercarse primates, personas que no toleran la diferencia, y hay que aprender a relacionarse con ellos. La empatía desarma todos los egoísmos; obliga a posicionarse en situaciones incómodas, como la del nieto progresista que descubre que su abuelo pudo aprovecharse de haber formado parte del bando franquista una vez terminada la Guerra Civil, como confesaba Vinyals en El gegant del pi.
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