La truita

Una tragedia familiar con poca profundidad dramática

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Roser Garcia Guasch
Una opinión de Roser Garcia Guasch
16/08/2026 · Teatre Poliorama

Los encuentros familiares, los almuerzos en torno a una mesa han sido utilizados por muchos autores como motor dramático. El prototipo es La boda de los pequeños burgueses de Bertold Brecht o ¿Quién teme a Virginia Woolf? De Edward Albee. El máximo exponente del drama es Festen (Celebración) de Thomas Vinterberg, una de las obras de tragedia familiar de cámara más representada en Europa. El espacio reducido hace que las tensiones no puedan escapar y estallen.

La truita es uno de esos subgéneros, una comida familiar, la celebración del cumpleaños del padre que reúne a las tres hijas con sus parejas. Conversaciones aparentemente triviales se convierten en una disección de las relaciones familiares.

El autor es el francés Baptiste Amann cuya obra presenta temas recurrentes como la memoria histórica, la familia o la realidad contemporánea. En Francia existen otros ejemplos de este género como Le Prénom de Delaporte en el que la elección del nombre de un hijo acaba desembocando en una verdadera batalla verbal.

La truita ha sido traducida y adaptada en Cataluña por Carles Batlle y la ha dirigido Ferran Utzet. Como le es propio a este género, la escenografía se basa en una mesa grande con sillas y la opción de entrar y salir por dos puertas laterales para dar movilidad y oportunidad de hacer diálogos más íntimos en grupos reducidos.

Utzet ha introducido toda clase de recursos teatrales que disminuyen la tensión pero que en algún momento pueden alejarte del contenido de la obra. Una gotera que acaba convirtiéndose en lluvia sobre el escenario, un karaoke iniciado por un cuñado y que acaba cantando todo el público, el montaje de una escena sobre otra de forma simultánea o la proyección de imágenes que acompañan a escenas anteriores son recursos visuales muy curiosos que llaman la atención del público. Los actores y actrices son el principal atractivo de la obra y sus magníficas actuaciones suplen con creces la falta de profundidad dramática. Capitaneados por Emma Vilarasau y Jordi Boixaderas, Júlia Bonjoch, Marc Bosch, Sara Espígul, Tai Fati, Miranda Gas y Arnau Puig nos ofrecen un teatro sólido, sin fisuras y muy bien representado.

La obra tiene como clímax un conjunto de escenas que no funcionan porque no han estado bien maduradas por parte del autor. A diferencia de Festen, no hay desencadenantes claros y el público no acaba de entender el porqué de esa rabia generacional de las hijas hacia sus padres. Los actores y actrices están inmejorables y hacen brillar un final confuso y desdibujado.

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