La fuerza de los silencios familiares
Secretos y familia son dos conceptos que acostumbran a ir juntos. No hace falta que lo que se esconde sea muy importante, pero a veces la más pequeña de las omisiones crea una cadena de sucesos que provocan que aquel silencio minúsculo acabe afectando gravemente a alguien que no tenía nada que ver.
Josep Maria Miró se adentra en un mundo cerrado que, quizás ahora se crea abolido, pero que continúa siendo realidad para muchas familias. Nos ubica en una casa solariega donde el heredero es la persona más importante, quien hereda y quien lo decide todo, mientras que en realidad son las mujeres de la familia quienes realmente construyen el futuro y tiran hacia delante la casa y el trabajo, al mismo tiempo que guardan los silencios más crudos.
Un texto complejo, en cuando al entramado familiar y lo eventos que suceden en la familia, que requieren de la atención del público en todo momento y, por eso, es tan importante la manera en que Miró consigue atrapar al/a la espectador/a. no se utiliza un lenguaje sencillo, sino que el dramaturgo utiliza la manera de hablar de la época, con un seguido de palabras de la tierra y de barbarismos propios del lugar y la situación, y es esta verosimilitud con la realidad la que hace que una historia de más de dos horas se convierta en un anzuelo que el público no puede dejar ir. Un relato que no sería igual si no fuera por su reparto. Intérpretes extraordinarias que no dejan al público respirar ni un momento.
El trabajo del reparto es brillante. Rosa Renom con su elegancia habitual, como si desapareciera tras el personaje, muestra a una mujer apartada, que ejerce como figura constante, brújula de toda la familia. Cada palabra que sale de su boca se siente verdad y real, con matices de dolor y también de humor, pero sin dejar nunca de lado el posado estoico que necesita su personaje. Mercè Arànega es una fuerza descomunal cuando sale al escenario, con un monólogo larguísimo en el cual tiene una conversación con quien tiene delante (Marc Tarrida), pero realmente es una discusión con sí misma, una manera de poner en su lugar toda una vida de ostracismo femenino. Es ella la que reivindica el papel de las mujeres de la familia y lo hace de manera feroz y muy divertida -más de una persona en el patio de butaca hace suyas las palabras que dice-. Tarrida, por su banda, se transforma en los diferentes hombres de la casa con agilidad y rapidez, dando a cada uno de ellos suficiente personalidad en tan solo unas palabras que muestras fácilmente sin decir mucho que se ha convertido en otro. Su facilidad por conectar con el nuevo personaje se hace natural y orgánica para el público.
Lurdes Barba, Màrcia Cisteró, Roberto G. Alonso, Àurea Márquez y Alba Pujol están espléndidos, en una obra coral donde la unión de texto e interpretaciones es la fórmula exacta para que quede una producción bien acoplada y mantenga al público atento y enganchado a la historia.
Sin embardo, se tiene que comentar que la escenografía a veces no ayuda mucho a mantener una atención despierta y total. Es interesante el juego de luces y sombras, o más bien oscuridad y rayos de luz, durante toda la obra, con un escenario mínimo al principio para ampliarse al final, pero eso no quita que esta visión sobria que se mantiene hasta más o menos la mitad de la obra sea un poco pesada para la espectadora. Se entiende que el contexto no deja de ser una casa que atrapa y no deja respirar a las mujeres de la historia, pero dentro de este minimalismo se podría haber aumentado el movimiento en el escenario o de las propias intérpretes para dar más ritmo y agilidad a la escena.
Una obra brillante en texto e interpretación que muestra una vez más que los textos pueden ser complejos y conectar con el público, sobre todo cuando se hacen con cuidado y un reparto maravilloso.