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La Barcelona que no se podía saber

La Barcelona de la Transición, antes incluso de la transformación olímpica, se hartó de reivindicar libertad. Detrás de las pancartas que reclamaban amnistía y Estatuto de autonomía también había otras luchas, menos visibles pero igualmente imprescindibles, como la de la liberación homosexual. De aquel movimiento nació toda una escena cultural propia: los transformistas, los locales de ambiente del Barrio Chino, los fanzines, los artistas underground ocupando la plaza Reial y un teatro que empezaba a hablar abiertamente de realidades condenadas al silencio.

Esta es la ciudad “complicada y poderosa” que retrata No es pot saber, una sucesión de historias personales que acaban dibujando una ciudad entera. El musical, creado por Mario Rebugent, Núria Llausí, Martí Torras Mayneris y la compañía No es pot dir, toma como punto de partida una emisora ficticia, Ona Barcelona. Dos jóvenes periodistas estrenan en ella una sección de divulgación histórica que da nombre al espectáculo: No es pot saber. A medida que investigan el pasado de su familia, emerge esa otra Barcelona en lucha por la ley del divorcio, el aborto o la legalización del Partido Comunista.

La familia Rodríguez i Savall sirve de hilo conductor de una serie de viñetas con una estética que remite tanto a los cómics de Lauzier —llevados al teatro musical en Glups! o Cacao— como a los fanzines underground de la época. A través de este mosaico de personajes, el musical recorre todo aquello que había que ocultar de cara al público porque “no se puede saber”: desde las primeras reivindicaciones homosexuales y lesbianas hasta la irrupción del sida y las consecuencias que tuvo sobre toda una generación.

El espectáculo también deja espacio para la represión policial y para el desencanto político de una generación que vivió el paso del comunismo a un socialismo que, para muchos, quedó lejos de los ideales por los que habían luchado. Un retrato coral de una Barcelona que remite inevitablemente al primer universo cinematográfico de Ventura Pons.

No es pot saber transita por el “petardeo” de la tía Montse, un transformista con cierto parecido a Montserrat Caballé, pero también por los momentos de ternura de la relación entre Júlia y Maria, condenadas a amarse a escondidas porque ni siquiera encuentran refugio en su entorno familiar. “¡Qué bonita es la familia! Discute sin malicia y nunca guarda rencor”, canta la matriarca mientras encabeza una sardana. Es la misma que se escandaliza cuando en la televisión empiezan a emitir anuncios sobre el uso del preservativo.

La mezcla de estilos y géneros también se traslada a la música que firma Núria Llausí, capaz de pasar del tono más festivo a baladas de una gran carga emocional.

Sin pretender convertirse en una lección de historia, No es pot saber reivindica una memoria que también forma parte de Barcelona: la que se construyó en los locales clandestinos, en los escenarios más pequeños y, a menudo, también a escondidas en los dormitorios de los pisos familiares. Una memoria que durante demasiado tiempo quedó fuera del relato oficial de la ciudad.

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Periodista y gestor cultural. Responsable de contenidos editoriales de TeatreBarcelona.com. Ha trabajo en medios como Catalunya Ràdio, El Periódico de Catalunya, La Xarxa, Ràdio 4 o Rac1.

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