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No miris

Una mirada al trauma de la memoria

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Sílvia Moreno Palomar
Una opinión de Sílvia Moreno Palomar
09/10/2026 · Teatre La Biblioteca

Aunque no lo parezca, el pasado y sobre todo la memoria nos persigue. Es igual los años que hayan pasado o cómo de tapados llevemos los ojos, en algún momento aquello que pasó vuelve a la superficie y es imposible hacer ver que no está, por mucho que se intente.

La compañía Cultura i conflicte llevan al escenario una nueva propuesta de teatro testimonial-documental, donde explican un conflicto a través de entrevistas con los y las protagonistas con la ayuda de intérpretes para dar vida a estos encuentros y sus relatos. En esta ocasión, el viaje es a Chile, para hablar con personas que sufrieron la dictadura de Pinochet, otras que colaboraron y otras que, aunque no la vivieron en propia persona, sufren el trauma heredado de sus familias, de un lado y del otro.

La estructuración del relato y la manera de narrarla son sorprendentes y muy cuidadosas. Los hechos van calando en el público que, sin darse cuenta, va aguantando la respiración a la espera de ver el desenlace de la historia. Es cierto que llega un momento de la obra que la espectadora puede empezar a deducir hacia donde irá todo, pero eso no impide que se quede atrapada en la memoria, el dolor y el trauma de las personas que explican poco a poco como sucede la historia. El lenguaje directo y llano que se utiliza para trasladar los testimonios encima del escenario ayuda a conectar desde el primer momento, haciendo que el patio de butacas se convierta también en parte de la conversación.

Marta Marco está espléndida dando vida a Verónica Estay, los testimonios de la cual está basada esta producción. Traslada, de manera creciente y palpable para el público, su inquietud, incredibilidad y obstinación por saber la verdad de su familia con tota su interpretación, desde las palabras a sus movimientos, pasando por su mirada inquisitiva. Pep Cruz, que da vida a diferentes personajes, consigue helar la sangre de la espectadora durante la interpretación de uno de los principales personajes, con un posado y una voz fría e impersonal, que deja de banda toda emoción para exponer -y justificar- acciones de dudosa humanidad. Es en estos pequeños momentos de sociopatía, que Cruz deja con estupor al público. Gemma Martínez y Erol Ileri acaban de completar un reparto muy acertado.

Con una escenografía muy moldeable, la estructuración de la narración combina la interpretación de los testimonios con fragmentos de vídeos de las entrevistas originales. Los cambios de decorados ayudan a que el público esté situado en todo momento, que los saltos en el tiempo y la narración hacia delante se entiendan sin necesidad de sobreexplicar o matizar. Una construcción muy sensible, inteligente y detallada de un tema complejo, por todos los puntos de vista y sensibilidades que se tienen que encajar y respetar.

Es una historia dura, que plantea reacciones contradictorias y replanteamientos que quizás eran imposibles antes de empezar la obra. Unas reflexiones que enriquecen al público y, a pesar que le dejen mal gusto de boca, también sirven para ver más allá de los propios pensamientos y las propias experiencias.

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