El retorno de Bertolt Brecht
En la época de la transición e incluso en las décadas de los ochenta y los noventa era fácil ver montajes de Brecht en nuestros escenarios, pero en todo lo que llevamos del siglo XX cuesta más encontrar al autor en las carteleras. Quizás es ahora, en una época convulsa y políticamente complicada, que volvemos a ver un resurgimiento: en Madrid se acaba de estrenar otra Ópera de tres centavos, el año pasado el Grec nos trajo una Madre Coraje que venía de Bélgica y en abril el TNC estrenará esta misma obra con la Vilarasau de protagonista. Un resurgimiento oportuno y significativo, a pesar de que los herederos de Brecht no dejen actualizar los textos ni hacer cambios en el texto ni en las canciones.
De todos modos, no se puede decir que la versión que ahora presenta Marta Pazos sea del todo política, socialmente comprometida o bien reivindicativa. Pazos se inclina por la parte estética y visual de todo lo que toca, y está claro que su razonamiento teatral se expresa mejor a través de colores, formas o ideas puntuales que pueden condicionar todo el montaje. Aquí encontramos la idea de las palomas como metáfora de los pobres que se alimentan de migajas en las grandes metrópolis. Una idea original que roza la genialidad pero que se agota en pocas escenas… También es interesante el pequeño prólogo en el que Marta Bernal (una de las dos Glorias Cabareteras) se hace pasar por la misma autora o bien el vestuario gris, y con raya diplomática, que uniformiza a todos los personajes como piezas de una sociedad que lo traga (y pudre) todo. En cambio, hay ideas que cuesta más de justificar, como por ejemplo la transformación de Mackie Navaja (Nao Albet) en una especie de Joker escapado del Arkham Assylum.
Otro tema que merece punto y aparte es el del apartado musical. No creo que Pazos haya enfrentado la obra como un musical, ni que se lo haya planteado nunca. Es cierto que no es un musical al uso, sino una obra con canciones, pero no se tiene que olvidar la fuerza de sus temas y la gran influencia de Kurt Weill en toda la música escénica de la primera mitad del siglo XX. El estilo cabaretero de todo quizás invitaba a otro uso de la música y el canto… pero al final nos acabamos encontrando con unos números que pasan uno detrás el otro sin dejar una huella demasiado evidente. Que el público dude en aplaudir cuando acaba de escuchar La balada de Mackie el Navaja, Pirate Jenny o La canción de Salomón ya es bastante revelador…
El reparto es realmente ecléctico y mayoritariamente joven. Creo que hay un buen trabajo de conjunto y una apuesta clara por el movimiento y la gestualidad. Entre todos destacan vocalmente -como era de esperar- Miriam Moukhles, Júlia Truyol y Roc Bernardí. Pero quizás lo más importante de todo es que por fin se haya levantado de nuevo en nuestra ciudad una pieza de Brecht, y además una de tan difícil y significativa como esta, con un gran esfuerzo colectivo y también institucional.