Júlia - 15 anys més tard (2011-2026)
Difícil conectar desde la distancia
Hay historias que ayudan a dar voz a problemas estructurales de la sociedad. En algunas ocasiones, estos relatos consiguen traspasar su medio de comunicación y llegar a remover las consciencias o, si más no, a colocar dentro de la línea temporal una realidad para que quede constancia y una huella de aquello importante. En muchas ocasiones, estas historias se recuperan y se intentan adaptar a aquello que actualmente preocupa, pero eso no quiere decir que tengan el mismo impacto.
Christiane Jatahy dirige un texto actualizado de su versión de La señorita Julia de hace 15 años, y lo hace conectando esta producción con la original en el apartado visual y adaptando el texto a los temas que hoy día le preocupan, añadiendo el racismo a la diferencia de clases y la misoginia que ya se mostraban en la primera obra. El relato es interesante y tiene momentos muy potentes, que crean rechazo, incomodidad y angustia, unas emociones que la autora busca claramente y que consigue en su mayor parte. En algunas ocasiones, por eso, la narración presenta situaciones que no acaban de ser muy verosímiles, de hecho, hacen que la espectadora no las acabe de entender ni encajar en la historia que está viendo. Caminos que se abren y que quedan sin recuperarse. Son estos momentos los que descuadran el discurso y dejan al público al margen de la implicación total. Hay momentos en que sí se conecta y es comparte la angustia, pero en su conjunto la estructura del relato hace que se pierda la atención y también el interés.
El montaje es interesante, con el juego de pantallas, proyectores y un cámara que ofrece en directo los primeros planos de los momentos más dolorosos y vulnerables, unas escenas que están escondidas en el escenario para el público, pero que se comparten en trocitos por las pantallas. Todo este diseño escénico es fantástico y muy atractivo para la espectadora, pero al mimo tiempo el uso de vídeos grabados previamente a la obra quedan como parches dentro de la obra. Es muy difícil compaginar y conectar la emoción que se vive en el escenario con aquello grabado tiempo atrás y este salto es muy evidente. Por eso, el uso de vídeos pregrabados en el inicio hace difícil entrar en la historia, tanto a nivel narrativo como interpretativo. Es cuando estos clips dejan paso a la acción real -ya sea en el escenario directo al público o a través de la cámara- que la obra crece y conecta con el patio de butacas. Ahí es cuando realmente, para la espectadora, comienza el espectáculo y es una lástima, porqué se han perdido unos minutos importantes para entregarse al relato y sus personajes.
Todo este inicio atropellado afecta a las interpretaciones de los magníficos Júlia Genís y Moha Amazian. Su trabajo y, por tanto, sus personajes se ven comprometidos en estos primeros pasos. Incluso ellos parecen estar en parte desconectados con aquello que están intentado explicar los personajes. Eso sí, cuando para el trance inicial, después de una de las escenas más bien presentada y también más vulnerables, es cuando se ve realmente que han conectado con la rabia, el dolor y la tristeza de los protagonistas. Hay un cambio en el relato y también en su interpretación y aquí es donde llega la explosión de la historia y donde el público empieza a sentirse atraído por el relato. Genís y Amazian acaban exhaustos cuando se oscurece el escenario y es normal después de haberse dejado la piel encima del escenario. De hecho, el público también se siente revuelto por el estruendo que han protagonizado.
Un espectáculo con la esencia de la obra que lo inspira y con un gran reparto, pero que se diluye demasiado en la forma y pierde al público en muchos momentos.