No parar. Hacer, consumir, gustar y saltar de un estímulo a otro antes de que aparezca el silencio. Esa voracidad tan propia de nuestro tiempo es el motor de Gola, el espectáculo creado y dirigido por Oriol Pla y Pau Matas Nogué, que, después de pasar por escenarios como el Teatre Nacional de Catalunya, el Temporada Alta o el Centro Dramático Nacional, vuelve a la Sala Beckett.

Pla, ganador de un Emmy con la serie Yo adicto, protagoniza esta pieza que parte de la gula entendida como la necesidad de engullir en exceso todo aquello que deseamos y también como aquello que el mundo nos empuja a desear. El protagonista es una criatura incapaz de detenerse, dispuesta a bailar, cantar, saltar y ofrecerse sin reservas para conseguir la aprobación de los demás. “Yo haré cosas que no sé hacer”, anuncia antes de desplegar un catálogo imprevisible de lenguajes escénicos.
La propuesta convierte esa voracidad en una imagen de una sociedad marcada por el consumo compulsivo de emociones, la sobreexposición y la búsqueda de una felicidad perpetua. Las redes sociales aparecen como uno de los portales de esta gula contemporánea: un escaparate de éxitos y vidas aparentemente perfectas que alimenta la carrera por convertirnos en alguien que todavía no somos. Pla define esta voracidad como una “respuesta excesiva” ante la incomodidad, el aburrimiento o el silencio, en conflicto con la propaganda de un sistema que obliga a vivir “como si todo fuera fantástico”. El personaje intenta esquivar el dolor llenándose de placeres y estímulos, pero cuanto más huye del vacío, más atrapado queda dentro de su propio laberinto.
Gola también interroga la relación entre el artista y el espectador. El público se encuentra ante un cuerpo que promete ofrecerlo todo y pregunta qué han venido a ver y hasta dónde están dispuestos a exigir. “¿Hasta dónde puede llegar un cuerpo?”, plantea Pla ante un intérprete que se desvive por gustar hasta convertir esa entrega en una dinámica insana. La pieza avanza entre el slapstick, el clown, el bufón, el movimiento y la performance, con un cuerpo que cae, tropieza, se deforma y vuelve a empezar. Pla convierte el escenario en un espacio de exceso y resistencia, pero también en un espejo que devuelve al público sus propias ansias.
Entre la risa, el vértigo y la incomodidad, Gola acaba preguntando qué queda de nosotros cuando ya lo hemos querido todo y, pese a ello, todavía no tenemos bastante.
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