Una fórmula ya conocida
Desde aquel mítico Federico García, estrenado en 2015, Pep Tosar y la compañía Oblideu-vos de nosaltres llevan repitiendo la fórmula de un teatro documental muy específico que tan buenos resultados les ha dado hasta ahora. Lo volvieron a probar con El fingidor, donde cambiaban el flamenco por el circo y los equilibrios imposibles, y lo vuelven a hacer ahora con este acercamiento a la figura de Miguel Hernández. No negaré que la fórmula resulta un poco agotada y que a veces la parte de los testimonios grabados no sigue la misma línea temporal que el resto del espectáculo… Pero, por otro lado, la belleza de muchos momentos acaba por subyugar al espectador y conseguir pasajes de un lirismo casi irreal.
La figura de Hernández, igual que ya pasaba con Lorca, está muy ligada en la fatídica Guerra Civil. Los dos fueron víctimas del conflicto, especialmente por sus ideas de izquierdas: uno murió ajusticiado casi a principios de la guerra, mientras que el otro traspasó en 1942 en la cama de un reformatorio donde cumplía condena. En Vientos del pueblo se explica la historia del poeta desde su infancia hasta sus últimos días, pero poniendo un especial énfasis en el viaje a Rusia y en todas las peripecias vividas, junto con su familia, durante la guerra. La forma de hacerlo sigue siendo también la habitual: imágenes proyectadas justo en el proscenio, testimonios de entendidos o familiares del poeta, las partes habladas a cargo de los magníficos Pep Tosar y Evelyn Arévalo, la parte musical a cargo de un excelente Carles Dénia y la coreografía que aporta el veterano Andrés Corchero. Podríamos decir que precisamente esta parte bailada es la que más cuesta de encajar. Corchero, uno de los grandes nombres de la danza contemporánea de este país, aporta un estilo minimalista y austero que no acaba de explotar y que a veces resulta insuficiente para el clímax de la pieza.
En definitiva, un espectáculo que no decepcionará en nada a los seguidores de la compañía, a pesar de que también pienso que tendría que ser un punto y aparte para la renovación de este subgénero (el teatro del tul, que dicen algunos) que tantas alegrías ha dado.