La Millor Obra Que Mai No Veureu Als Escenaris Catalans
La eterna precariedad
Cada cierto tiempo aparece alguna obra que nos habla de la precariedad de los grupos de teatro que quieren empezar y no saben cómo, o bien sí lo saben pero no tienen el dinero, los medios o el espacio adecuado para hacerlo. Ahora recuerdo sobre la marcha Molta merda, de Eduardo Cardell (2014) o Ens hauríem d’haver quedat a casa, de Llàtzer Garcia (2017). Lo más curioso es que a pesar de que pasen los años… las quejas, los problemas y las dificultades se acaban asemejando mucho. Los sueños de los artistas –sean actores, directores, autores, etc.- no varían de generación en generación, pero chocan una y otra vez con un sistema pequeño, cerrado y bastante endogámico.
La obra de Iván Andrade nos acerca de nuevo a esta realidad, pero poniendo fecha de hoy y acercándonos a la realidad de ahora mismo. Así sabemos de las exigencias que ponen actualmente las salas –por pequeñas que sean- y de las dificultades para dar a todo el mundo de alta a la seguridad social, para conseguir una subvención, para encontrar alguien que confíe en tu proyecto o para acabar haciendo más de cuatro o cinco bolos. Vemos, en este sentido, las peripecias de tres jóvenes –o no tan jóvenes- que comparten piso y sueños, y que creen que haber ganado un premio de dramaturgia muy importante les abrirá todas las puertas.
La obra juega constantemente con el metateatro, interpela al público allá presente y mezcla divertidas escenas corales con algunos monólogos que tratan de explicar las motivaciones y necesidades de cada uno de los protagonistas. Mucho sentido del humor para abordar unas historias que en el fondo esconden situaciones amargas, y también bastante pesimistas. Ahora bien, la esperanza siempre cuenta… y el final –que ahora no rebelaremos- nos acerca a otras maneras de triunfar o seguir con lo que realmente estos personajes aman y amarán siempre: el teatro.